Al final, ser optimista no alcanza para nada. Las promesas de campaña siempre terminan en lo mismo: palabras lindas que la gente ya aprendió a masticar pero no a tragar. Las cosas no se resuelven con «esperanza», se resuelven con previsión. Si no mirás lo peor que te puede pasar para evitarlo, te terminás chocando contra la realidad de frente.
Pasó con el famoso plan del Copade en los 70, que nos prometía un Neuquén preparado para cuando se terminara el petróleo, y acá estamos, años después de la fecha límite y con las manos vacías. Pasó con el tren, que en Río Negro avanza pero acá en Neuquén sigue durmiendo en un cajón. Y pasa también con el ENIM y El Mangrullo: un pozo de recursos que debería haber transformado la economía local pero terminó repartido en obras menores, sin un plan maestro ni un acuerdo real entre Plaza Huincul y Cutral Có. Ni para poner un semáforo juntos nos ponemos de acuerdo.
Mientras tanto, el costo lo paga la gente. Sufrimos el impacto directo del fracking, los sismos en Añelo, la contaminación del aire y los basurales a cielo abierto que queman solos y nadie remedia. Para colmo, estamos sentados arriba de una de las reservas de gas más grandes del mundo y terminamos pagándole las facturas más caras del país a Camuzzi, sin que ningún político local abra la boca para defender el bolsillo del vecino.
El futuro en esta provincia siempre parece pasar por al lado. Por eso el escepticismo termina siendo una defensa lógica: después de ver pasar tantos discursos, es mejor dudar que seguir comprando espejitos de colores.
