La inteligencia artificial dejó de ser una tecnología asociada exclusivamente a la ciencia ficción. En pocos años, su evolución fue acelerada y pasó de responder consultas a realizar tareas de manera cada vez más autónoma.

Así lo explicó el especialista entrevistado, quien recordó que los avances actuales permiten desarrollar agentes de IA capaces de ingresar a correos electrónicos, acceder a archivos, recorrer sitios web y completar múltiples tareas con escasa intervención humana.
El proceso, según señaló, comenzó mucho antes de la aparición de ChatGPT. En Argentina, proyectos como Prometea y Pretoria ya utilizaban inteligencia artificial en el ámbito judicial desde 2017, incluso para realizar predicciones y analizar información.
Cuando la realidad empieza a superar a la ficción
Algunos escenarios que durante años parecían propios de películas futuristas ya forman parte de las posibilidades tecnológicas actuales.
Entre los ejemplos mencionados aparecen sistemas capaces de recrear digitalmente a una persona a partir de sus redes sociales y generar avatares con características extremadamente realistas. La tecnología permite incluso imaginar nuevas formas de interactuar con representaciones digitales de personas fallecidas.
El debate, entonces, ya no pasa solamente por preguntarse qué podrá hacer la inteligencia artificial en el futuro, sino por cómo vamos a utilizar aquello que ya puede hacer hoy.
El gran desafío: enseñarle valores a una máquina
Uno de los aspectos más complejos aparece cuando la IA debe tomar decisiones que involucran cuestiones éticas.
El denominado experimento Moral Machine muestra cómo las respuestas pueden variar de acuerdo con la cultura y los valores de cada sociedad. Frente a una situación en la que un vehículo autónomo debe elegir entre distintas alternativas, las prioridades pueden ser diferentes según el país o la comunidad.
Esto abre una pregunta difícil: ¿qué valores debe incorporar una máquina cuando tiene que tomar una decisión que puede afectar la vida de las personas?
El entrevistado también puso como ejemplo la legislación china sobre inteligencia artificial y su relación con los valores establecidos por el Estado. El caso permite observar que la tecnología no funciona aislada de la sociedad: también refleja las normas, intereses y valores de quienes la desarrollan y regulan.
Privacidad: ¿cuál es el verdadero precio de la tecnología gratuita?
Otro de los grandes debates está relacionado con los datos personales.
Durante años, los usuarios se acostumbraron a utilizar gratuitamente numerosas plataformas digitales a cambio de entregar información sobre sus hábitos, intereses y comportamientos. Con la llegada de la inteligencia artificial, esa discusión adquiere una nueva dimensión.
También aparecen sistemas capaces de identificar determinados patrones de comportamiento y generar alertas ante posibles situaciones de riesgo. La intención puede estar relacionada con la prevención de delitos o ataques, pero al mismo tiempo surgen interrogantes sobre hasta dónde puede llegar la vigilancia y quién controla esa información.
El desafío aumenta cuando la cantidad de datos y alertas supera la capacidad humana para analizarlos.
Regulación y el poder de las grandes empresas tecnológicas
La discusión sobre cómo regular la inteligencia artificial también ocupa un lugar central.
El entrevistado cuestionó algunas posiciones extremadamente alarmistas que anticipan escenarios de extinción de la humanidad en el corto plazo y planteó que esos debates pueden terminar desplazando problemas más concretos y actuales.
Al mismo tiempo, señaló una paradoja: algunos de los principales ejecutivos de empresas tecnológicas reclaman regulaciones mientras sus compañías compiten por mantener posiciones de liderazgo, limitar a competidores o discutir el avance del software de código abierto.
Una tecnología que puede ayudar, pero también hacernos pensar menos
Como ocurrió con otras grandes innovaciones, la inteligencia artificial puede generar beneficios y problemas al mismo tiempo.
Puede contribuir a detectar enfermedades, mejorar procesos laborales, facilitar tareas y potenciar la creatividad. Pero también puede generar pérdida de empleos en determinados sectores y, especialmente, fomentar lo que el especialista definió como “sedentarismo cognitivo”.
La preocupación es que las personas comiencen a delegar cada vez más tareas intelectuales en las máquinas y reduzcan su propio esfuerzo para analizar, resolver problemas o tomar decisiones.
En ese sentido, planteó una imagen contundente: el riesgo no sería solamente que las máquinas se vuelvan más inteligentes, sino que las personas dejen de ejercitar su propia capacidad de pensar.
La batalla por nuestra atención
La inteligencia artificial también forma parte de una competencia cada vez más intensa por algo que todos tenemos limitado: nuestra atención.
Ya no se trata solamente de competir entre medios de comunicación, radios, plataformas o empresas. La disputa es por el tiempo que una persona permanece despierta y disponible para escuchar, mirar o consumir información.
En ese contexto, la educación aparece como uno de los grandes desafíos.
El especialista planteó que la incorporación de IA en las escuelas debería ser gradual y diferenciada según la edad. En primaria, propone priorizar el aprendizaje sin depender de estas herramientas, mientras que en secundaria su utilización debería ser dosificada.
La comparación es sencilla: aprender desde el comienzo utilizando inteligencia artificial puede ser parecido a intentar aprender matemáticas utilizando una calculadora científica antes de dominar las operaciones básicas.
Tres claves para enfrentar el cambio
Frente a este escenario, la recomendación es no ignorar la inteligencia artificial, sino aprender a convivir con ella.
El primer paso es entender cómo funciona. Conocer sus posibilidades y limitaciones permite utilizarla de manera más consciente.
El segundo es reconvertirse. La incorporación de estas herramientas modificará numerosas tareas y perfiles laborales, por lo que aprender a utilizarlas será cada vez más importante.
Y el tercero consiste en repensar la manera en que trabajamos y nos relacionamos. La tecnología no solamente cambia las herramientas: también puede modificar nuestras rutinas, nuestros vínculos y la forma en que organizamos nuestra vida cotidiana.
El desafío para la Justicia argentina
La inteligencia artificial también avanza dentro del Poder Judicial argentino. Según explicó el especialista, alrededor de 15 poderes judiciales ya firmaron protocolos vinculados con su utilización.
El objetivo no debería ser simplemente conseguir una Justicia más rápida. El verdadero desafío, planteó, es lograr que la tecnología permita una Justicia más eficiente sin perder el componente humano.
Porque la discusión de fondo no es solamente cuánto puede hacer la inteligencia artificial, sino qué lugar queremos darle en nuestras decisiones y cuánto estamos dispuestos a delegar en ella sin dejar de pensar por nosotros mismos.

